Oda a la cebolla sumergida en vinagre de vino país del seca…
Oda a la cebolla sumergida
en vinagre de vino país del secano de Cauquenes
En la tinaja duerme
la cebolla,
como un corazón sin ruido,
redonda y limpia,
lavada por las lágrimas
de quien la peló con las manos del campo.
Vino país,
vino rojo de sol y espina,
de pie en las lomas secas
como un anciano que recuerda,
baja por la garganta del vidrio
y abraza su esfera de tierra,
su carne blanca,
su centro de silencio.
Ají delgado,
nervio rojo del monte,
le das tu mordida al silencio,
tu idioma al vinagre,
tu fuego al aceite.
No hay aroma
más humilde ni más firme,
no hay orgullo
como el de la cebolla enterrada
bajo el jugo oscuro
de un racimo que resistió el viento.
La cebolla no grita,
no canta,
no florece en la copa.
Pero espera.
Espera ser mordida por la memoria,
por el pan de ayer,
por el hambre sin vergüenza
de un hombre
que aún recuerda el nombre de su abuela.
Oh cebolla en vinagre,
rescatada del olvido
como un poema sin firma,
te dejo dormir
en tu cuna de vidrio,
mientras afuera
la lluvia golpea la chapa
y el vino madura en la sangre.
Acompañas legumbres, aceitunas, quesos, pepinillos,
y a quienes amamos tu filo transparente
y la nobleza de tu acidez,
nos ofreces un deleite sin fecha,
un goce sin ornamento,
un beso del secano,
salado y eterno.
Y si un hilo de aceite de oliva —
verde, espeso, nacido del hueso solar —
cae sobre tu carne temblorosa,
el clima mediterráneo canta
en la boca del hombre sencillo.